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sábado, 27 de noviembre de 2021

El Gato, texto de Eduardo Lizalde

 Se sabe legendario y mágico

Nos mira siempre como a sus inferiores
desde las grandiosas tinieblas milenarias
de Keops o de Karnak, donde era venerado
e inmune a toda terrenal ofensa.

Uno puede admirarlo sobre un mueble mullido
o una consola
sorteando  sin romperlos frascos de cristal
y otros endebles ornamentos y espejos,
avanzando entre ellos como un soplo
de seda y fuego.
O bien, podemos verlo sobre el borde pétreo
de un muro en el jardín,
ejecutando largos y estremecedores
conciertos de inmovilidad
con estatuarias dotes sobrenaturales.

Se puede uno topar con él en un estante
–a riesgo de un zarpazo–
confundido entre los bibelotes
de armiño o lana,
o acurrucado en la vitrina de un museo
junto al tranquilo cuerpo disecado
de un felino congénere o cómplice remoto.

En la casa, cuando se halla esculpido
en uno de esos trances de asombrosa quietud,
suele fijar en nosotros, como un dardo,
su gélida mirada
por un tiempo sólo registrable
con uno de esos artefactos fílmicos
de acción continua
aptos para observar el crecimiento
de una planta o una flor.
Sus fosfóricas pupilas
–eso suele decirse–,
son un túnel de luz hacia el infierno.
Uno siente al verlas de reojo
que si intentara sostener la vista sobre ellas
durante dos minutos temerarios
podría llevarlo a enloquecer de pronto,
sufrir algún masivo infarto
o derrumbarse, sangrando por los ojos,
al pie de alguna de esas domésticas deidades.

Texto en voz de su autor:

lunes, 10 de agosto de 2020

El gato loco, texto de Jaime Sabines.

Lo he calumniado. Le he llamado el gato loco; he dicho que necesitaba un siquiatra. Me he burlado de él torpemente.

En cuanto empieza a oscurecer, mientras la gata se acomoda en los sillones de la sala, el gato bizco comienza su ronda nocturna: da doce o quince vueltas alrededor, dentro de mi cuarto, pegado a las paredes, debajo de la cama, detrás del buró, con un itinerario fijo e insistente; luego sale al patio y se pasa toda la noche, pero toda la noche, dando vueltas y vueltas, maullando quedamente, lastimeramente, a un ritmo preciso, como buscando algo, alguien, tenazmente. El paso es veloz, su actitud alerta, inquisitiva.

A las siete de la mañana, más o menos, se viene a dormir. Y así todos los días.

Me preguntaba si se sentía prisionero, angustiado o qué. Hoy me he dado cuenta que es sólo un oficio: él patrulla la casa contra fantasmas, malas vibraciones y extraterrestres.

De aquí en adelante le llamaré el patrullero de la noche, el vigilante del amanecer.




Sabines, Jaime, Algo sobre la muerte del Mayor Sabines / Maltiempo / Otros poemas sueltos, Joaquín Mortiz , 2012.
Imagen: 
Gato en una noche estrellada

domingo, 13 de octubre de 2019

El tigre, por Eduardo Lizalde Chávez

Hay un tigre en la casa
que desgarra por dentro al que lo mira.
Y sólo tiene zarpas para el que lo espía,
y sólo puede herir por dentro,
y es enorme:
más largo y más pesado
que otros gatos gordos
y carniceros pestíferos
de su especie,
y pierde la cabeza con facilidad,
huele la sangre aun a través del vidrio,
percibe el miedo desde la cocina
y a pesar de las puertas más robustas.

Suele crecer de noche:
coloca su cabeza de tiranosaurio
en una cama
y el hocico le cuelga
más allá de las colchas.
Su lomo, entonces, se aprieta en el pasillo,
de muro a muro,
y sólo alcanzo el baño a rastras, contra el techo,
como a través de un túnel
de lodo y miel.

No miro nunca la colmena solar,
los renegridos panales del crimen
de sus ojos,
los crisoles de saliva emponzoñada
de sus fauces.

Ni siquiera lo huelo,
para que no me mate.

Pero sé claramente
que hay un inmenso tigre encerrado
en todo esto.



Lizalde, Eduardo, El tigre en la casa, Valparaiso Ediciones, 2013.


domingo, 19 de agosto de 2018

El gato garabato, texto de Gloria Fuertes

 -¿Qué es eso que tienes, Gato Garabato?

-Esto es un juguete muy barato.
Es un cohete-juguete,
que me lleva a la Luna en un periquete.
-¿Qué es un periquete?
-Un periquete es…¡Un momento!
 
Dijo un momento y se lo llevó el viento
como a María Sarmiento.
 
…El Garabato
en su cohete barato
surca el espacio.
El gato Garabato
aluniza despacio.
 
El Gato Garabato no encuentra nada en la Luna.
 
GATO: Un volcán que no funciona,
y ni una sola persona.
 
No hay tejados en la Luna,
y yo soy gato.
No hay poetas en la Luna,
y yo soy gato.
No hay sardinas en la Luna,
y yo soy gato.
No hay ratones en la Luna,
y yo soy gato,
aquí no tengo nada que hacer,
este astrofio me extraña,
me vuelvo a España.
 
Y en su cohete-juguete
raudo como una centella,
regateando a una estrella,
-el gato regateando-.
Más veloz que en un avión,
regresa a su población.
 
GATO: ¡Hola chicos!
¡Viva el arte!
Como en “casita”,
en ningún parte.


jueves, 17 de agosto de 2017

Oda al gato, por Pablo Neruda



Los animales fueron
imperfectos,
largos de cola, tristes
de cabeza.
Poco a poco se fueron
componiendo,
haciéndose paisaje,
adquiriendo lunares, gracia, vuelo.
El gato,
sólo el gato
apareció completo
y orgulloso:
nació completamente terminado,
camina solo y sabe lo que quiere.
El hombre quiere ser pescado y pájaro,
la serpiente quisiera tener alas,
el perro es un león desorientado,
el ingeniero quiere ser poeta,
la mosca estudia para golondrina,
el poeta trata de imitar la mosca,
pero el gato
quiere ser sólo gato
y todo gato es gato
desde bigote a cola,
desde presentimiento a rata viva,
desde la noche hasta sus ojos de oro.
No hay unidad
como él,
no tienen
la luna ni la flor
tal contextura:
es una sola cosa
como el sol o el topacio,
y la elástica línea en su contorno
firme y sutil es como
la línea de la proa de una nave.
Sus ojos amarillos
dejaron una sola
ranura
para echar las monedas de la noche.
Oh pequeño
emperador sin orbe,
conquistador sin patria,
mínimo tigre de salón, nupcial
sultán del cielo
de las tejas eróticas,
el viento del amor
en la intemperie
reclamas
cuando pasas
y posas
cuatro pies delicados
en el suelo,
oliendo,
desconfiando
de todo lo terrestre,
porque todo
es inmundo
para el inmaculado pie del gato.
Oh fiera independiente
de la casa, arrogante
vestigio de la noche,
perezoso, gimnástico
y ajeno,
profundísimo gato,
policía secreta
de las habitaciones,
insignia
de un
desaparecido terciopelo,
seguramente no hay
enigma
en tu manera,
tal vez no eres misterio,
todo el mundo te sabe y perteneces
al habitante menos misterioso,
tal vez todos lo creen,
todos se creen dueños,
propietarios, tíos
de gatos, compañeros,
colegas,
discípulos o amigos
de su gato.
Yo no.
Yo no suscribo.
Yo no conozco al gato.
Todo lo sé, la vida y su archipiélago,
el mar y la ciudad incalculable,
la botánica,
el gineceo con sus extravíos,
el por y el menos de la matemática,
los embudos volcánicos del mundo,
la cáscara irreal del cocodrilo,
la bondad ignorada del bombero,
el atavismo azul del sacerdote,
pero no puedo descifrar un gato.
Mi razón resbaló en su indiferencia,
sus ojos tienen números de oro.


Pablo Neruda (1904-1973).

domingo, 12 de abril de 2015

Las gatas de los barcos de carga, por Nikos Cavadías

Va en los barcos de carga siempre una gata
que aman los marineros sin explicarse por qué.
Ella, cuando de su turno salen cansados,
corre a sus pies, orgullosa, a frotarse.

En las noches, en el pesado silencio de la proa que los angustia,
cuando el mar golpea el casco de la nave
como si buscara con su enorme fuerza soltar sus remaches,
tiene para ellos la tersura de una compañía de mujer.

Es perezosa y arrogante como todas las gatas
y tiene sus ojos grises llenos de magnetismo;
cuando dulcemente le acarician su lomo,
parece caer en un lento espasmo placentero.

En el ensueño y en la ira se asemeja a la mujer,
y por ello más la aman los marineros;
cuando lenta e indiferente los mira a los ojos,
se diría que produce una extraña fiebre.

Le ponen al cuello un collar de cobre
que la proteja del mal del hierro.
¡Por desgracia, no siempre así pueden
salvarla de la oscura muerte!

¿Acaso porque sus feroces ojos están húmedos
y electrizados, el negro hierro los atrae?
Enloquece aullando, fija su mirada en un solo punto
y hace brotar silenciosas lágrimas en los marineros.

Pero antes de la muerte, uno de ellos,
aquel que ha visto cosas más espantosas en su vida,
acariciándola un momento y mirándola a los ojos,
la arroja después al agitado mar.

Entonces los marineros, que raras veces abren su corazón,
se retiran a ocultarse con el pecho oprimido,
lleno de una extraña amargura que los roe,
igual que cuando han perdido a una mujer que amaron.

Nikos Cavadías (1910-1975).
Poeta griego

Kappatos, Rigas y Montemayor, Carlos, Antología de la poesía griega del siglo XX, Textos de difusión cultural, México, UNAM, 1993.

martes, 7 de abril de 2015

Una niña sin gatos, texto de Paulina Gil.


Desde muy pequeña viví con mi abuela y mi madre. A ninguna de las dos les gustaban los gatos; creían que eran criaturas con un comportamiento extraño y que transmitían enfermedades incurables. A mi abuela tampoco le agradaban los perros, así que crecí como una hija única sin mascotas, lo cual explica por qué tenía dos amigos imaginarios en lugar de uno. 

Sin embargo, siempre he tenido una conexión muy cercana con los animales; los perros callejeros me siguen hasta mi casa, las ardillas solían visitar mi ventana y una vez que fuimos a un zoológico de esos que se jactan de tener a los animales en perfecta libertad, fui la única que se atrevió a cargar a un tigre bebé para tomarnos una foto. Pero nunca conviví con gatos hasta mucho más adelante, cuando encontré un grupo de amigos que compartía la característica de tener gatos a montones. 

Estos amigos me presentaron a sus gatos y solían contar historias de los felinos que habían tenido antes o de los que dejaban atrás en casa de sus padres. De entre todos los gatos con los que he convivido en los últimos años, dos han sido particularmente importantes en mi vida. Se trata de un gato rubio y gordo, al que llamamos “el Güero” y de una gatita gris con un antifaz blanco, conocida como “el Arroz”. 

El Güero es muy cariñoso; cuando voy de visita, inmediatamente me busca para que lo acaricie. Con frecuencia, la gente que lo ve por primera vez dice: “es idéntico a Garfield”, aunque también se han expresado con un: “ay, qué bonita gatita, ¿cuánto tiene de embarazada?” No creo que al Güero le importe que lo confundan con una gatita preñada, debido a la redondez desparramada de su panza, pues en varias ocasiones ha hecho gala de sus instintos maternales. El único problema con el Güero es que siempre me hace quedar mal; cuando voy a su casa y sus dueños me dicen que se ha portado muy bien toda la semana, casi de inmediato hace una de las suyas para demostrar lo contrario. 

Mi relación con el Arroz es muy diferente; ella es el primer gato al que conocí desde pequeño, el primer gato al que cargué y llené de besos, pero de bebé parecía un cachorro de lince en lugar de una dulce gatita. Cuando la cargaba me mordía y me rasguñaba, y al regresar a mi casa con las marcas de la lucha del día, mi mamá temía que hubiera contraído una de esas enfermedades tremendas y quería que fuera a vacunarme. Cuando creció, dejó de morderme, pero todavía me rasguña algunas veces cuando considera que ya la apretujé o besuqueé demasiado. Además, cuando entro a su casa, el Arroz hace su aparición y me mira con unos ojos que dicen: “sí ya sé que llegaste, pero tú eres la que me tienes que hacer caso a mí, no viceversa”. 

Debo confesar que cuando paso más de una semana sin ver al Güero y al Arroz, los extraño tanto como a sus dueños. A veces sueño que yo también tengo dos gatos, sólo que, por un extraño efecto de esos que únicamente se dan en los mundos surrealistas, se trata de una gatita rubia y un gato gris con un antifaz blanco. Espero poder cumplir un día ese sueño para dejar de ser la niña que no tuvo gatos y la joven que ama a los ajenos, y convertirme en la auténtica dueña de un felino doméstico. 


viernes, 9 de noviembre de 2012

Ailurogénesis: dos relatos del Medio Oriente


Cómo llegó el gato a ser
(Cuento árabe)

Cuando Noé llevó dos de cada uno de los animales dentro del arca, sus hijos y las esposas de sus hijos fueron con él y le dijeron:

-¿Qué seguridad puede haber para nosotros en tanto el león, rey de las bestias, vagabundea por esta embarcación?

Noé oró por la respuesta. Y el Señor mandó desde el cielo una fiebre que afligió al león, restableciéndose la tranquilidad de los hijos y de sus esposas. No existe otra explicación del origen de la fiebre en este mundo.

Pero había en el arca una criatura que también era muy peligrosa y se llamaba ratón. Los hijos y las esposas fueron con Noé y lo previnieron del peligro en que se encontraban todos. Noé rezó por una respuesta, y el Altísimo hizo que el león estornudara, y el gato, que aún no había sido creado, de repente salió por la nariz del rey de las bestias.

Y desde ese momento en adelante, el ratón se transformó y se volvió un animal tímido que adquirió el hábito de esconderse en los agujeros.


Cómo llegó el gato a ser
(Cuento persa)

Cierto mercader de Isfahán, al llegar en una caravana a un oasis, ya entrada la noche, encontró a un grupo de hombres que golpeaban y robaban a un desconocido.

Después de que hubo dispersado a los agresores hacia el desierto, el mercader se volvió para auxiliar al desafortunado desconocido hacia el caravansari*, pagó por su cama y su comida e insistió en acompañarlo hasta que se recuperara.

La noche siguiente, el desconocido –alabado sea el Altísimo- estaba suficientemente recuperado como para poder sentarse con el mercader junto a una fogata afuera de la tienda. Más arriba de las palmeras de oscuro verdor, las estrellas brillaban y resplandecían en la medianoche azul del cielo. El humo de la fogata se elevaba serpenteando suavemente en la fresca brisa formando y volviendo a formar una interminable procesión de cambiantes configuraciones.

Después de un largo silencio, durante el cual ambos miraban con fijeza el fuego, el extranjero tocó al mercader en la manga y dijo:

-Amigo mío, no sabías nada acerca de mí, sin embargo no vacilaste en ir a rescatarme sin esperar recompensa, lo cual es una señal auténtica de tener un gran corazón. Ahora yo deseo darte un obsequio a cambio. Tú no sabías que soy un taumaturgo y puedo darte cualquier cosa que desees.

El mercader contestó:

-He vivido una vida muy buena y feliz con mi familia. He tenido éxito en mi oficio y en este momento no podría desear nada más que estar sentado aquí, en este apacible lugar, mirando el fuego, el humo que se arremolina y las estrellas.

El mago afirmó con la cabeza.

-Muy bien. Te haré un regalo con esos mismos elementos para que los puedas conservar por siempre.

El mago tomó una pequeña lengua de fuego, la luz de dos estrellas distantes, una madeja del rizado humo gris, las amasó y les dio forma en el hueco de sus manos, que se movían con habilidad hasta que surgió de adentro un dulce maullido y un exquisito ronroneo y apareció el más maravilloso felino que nunca antes se hubiera visto. Tenía espeso pelaje gris, ojos brillantes y la punta de su lengua parecía de fuego. Jugaba ronroneando y ondulaba la cola como el humo ascendente.

El mago pidió al mercader:

-Lleva esta hermosa criatura a tu casa; será un amigo para tu familia y un hermoso bien en tu hogar por el resto de tus días.

Y esa es la extraña y maravillosa historia de cómo el gato persa llegó a este mundo.
 

*En Oriente, el caravansari es una posada que se destina a la gente que viaja en una caravana.

Fuente:

McCormick, Malachi, Cuentos de Gatos, México,
Editorial Diana,  1997.

Imagen:
http://www.fantom-xp.com/wp_29__Persian_cat.html


lunes, 28 de marzo de 2011

Poemas de Charles Baudelaire (1821-1867)



El gato (I)

Hermoso gato, ven a mi pecho amoroso;
comprime el filo de tus uñas;
y deja que me hunda en tus bellas pupilas,
de ágata y metal.

Cuando gustosos mis dedos acarician
tu cabeza y tu flexible lomo
y mi mano se embriaga en el goce
de rozar tu cuerpo magnético,

veo a mi mujer en espíritu; su mirada,
dulce animal, como la tuya
fría y honda, taja y corta cual dardo.

Y, de los pies a la cabeza,
una brisa sutil, de peligroso aroma,
nadan en torno de su cuerpo moreno.

El gato (II)
I
En mi cerebro se pasea,
igual que en su propia casa,
Un gato hermoso, fuerte y suave.
Cuando maúlla, apenas se le oye,

tan tierno y discreto es su tono.
Y que su voz gruña o se calme
es siempre rica y profunda:
Es su
su secreto y encanto.

Esa voz que filtra y fluye
en mi yo más tenebroso
me colma cual un verso cadencioso
y me deleita cual un filtro.

Duerme los
males más crueles
Y resume todos los éxtasis;
y para las más largas frases
no necesita palabras.

No hay ningún arco que muerda
mi corazón, justo instrumento,
ni haga cantar con más grandeza
de sus cuerdas la más vibrante,

como tu voz, gato seráfico,
misterioso, gato extraño,
en quien todo, como en un ángel,
es tan sutil como armonioso.

II
Su pelaje rubio y moreno
exhala tan dulce fragancia
que una noche me impregnó de ella
tan sólo en una caricia.

Es el genio del lugar;
juzga, inspira, preside
todas las cosas, en su imperio;
¿Es tal vez hada, tal vez Dios?

Cuando mis ojos hacia ese gato,
como por un imán arrastrados,
se dirigen dócilmente,
y miro dentro de mí,

veo con asombro el fuego
de sus pálida pupilas,
claros fanales, vivos ópalos,
que me contemplan fijamente.

Le Chat (I)

Viens, mon beau chat, sur mon coeur amoureux;
Retiens les griffes de ta patte,
Et laisse-moi plonger dans tes beaux yeux,
Mêlés de métal et d'agate.

Lorsque mes doigts caressent à loisir
Ta tête et ton dos élastique,
Et que ma main s'enivre du plaisir
De palper ton corps électrique,

Je vois ma femme en esprit.
Son regard, comme le tien, aimable bête
Profond et froid, coupe et fend comme un dard,

Et, des pieds jusques à la tête,
Un air subtil, un dangereux parfum
Nagent autour de son corps brun.

Le Chat (II)

I
Dans ma cervelle se promène,
Ainsi qu'en son appartement,
Un beau chat, fort, doux et charmant.
Quand il miaule, on l'entend à peine,

Tant son timbre est tendre et discret;
Mais que sa voix s'apaise ou gronde,
Elle est toujours riche et profonde.
C'est là son charme et son secret.

Cette voix, qui perle et qui filtre
Dans mon fonds le plus ténébreux,
Me remplit comme un vers nombreux
Et me réjouit comme un philtre.

Elle endort les plus cruels maux
Et contient toutes les extases;
Pour dire les plus longues phrases,
Elle n'a pas besoin de mots.

Non, il n'est pas d'archet qui morde
Sur mon coeur, parfait instrument,
Et fasse plus royalement
Chanter sa plus vibrante corde,

Que ta voix, chat mystérieux,
Chat séraphique, chat étrange,
En qui tout est, comme en un ange,
Aussi subtil qu'harmonieux!

II
De sa fourrure blonde et brune
Sort un parfum si doux, qu'un soir
J'en fus embaumé, pour l'avoir
Caressée une fois, rien qu'une.

C'est l'esprit familier du lieu;
Il juge, il préside, il inspire
Toutes choses dans son empire;
Peut-être est-il fée, est-il dieu?

Quand mes yeux, vers ce chat que j'aime
Tirés comme par un aimant,
Se retournent docilement
Et que je regarde en moi-même,

Je vois avec étonnement
Le feu de ses prunelles pâles,
Clairs fanaux, vivantes opales
Qui me contemplent fixement.


Fuente: Baudelaire, Charles, Las flores del mal / Diarios íntimos, Colección Sépan cuántos, México, Porrúa, 1989.
Versión original en francés: http://poemasenfrances.blogspot.com
Imágenes: "Le chat blanc au miroir" y "Le chat blanc", de Piotr Pilawa

lunes, 21 de marzo de 2011

El gato, poema de Constantino Cavafis (1863-1933)


N
o es el gato simpático a la gente vulgar.
Magnético y secreto,
cansa a su imaginación superficial.
Y no consiguen apreciar su proceder gracioso.

[...]

Pero el alma del gato es su altivez.
La libertad sus nervios y su sangre son.
En su mirada nunca hay humildad.
En su manera de ocultar cualquier pasión,
en la gracia y sosiego de su disposición,
la pulcritud y contención de sus impulsos,
qué pura suavidad de los sentidos encierra.

Cuando duermen o reposan con sopor los gatos,
de una frialdad visionaria están ungidos.
Tal vez entonces vaguen a su alrededor
espectros de épocas antiguas.
Tal vez la visión los lleve a Búbastis,
donde su culto florecía,
y los Ramsés los coronaban con su veneración
y cada gesto suyo era como una profecía.



Cavafis, P. Constantino, Poesía Completa, Edición de Anna Pothiou y Rafael Herrera, Colección Visor de Poesía, Madrid, Visor,  2003.

sábado, 20 de noviembre de 2010

El gato y la luna, por William Butler Yeats (1865-1939)

De aquí para allá el gato fue,
y la luna giró como una tapa.
el pariente mas cercano de la luna,
el sigiloso gato, la admiraba.

El negro Minnaloushe miraba fijamente la luna,
pues, vagando y maullando como gustaba,
la pura y fria luz en el cielo
inquietaba su sangre animal.
Minnaloushe corre en la hierba
alzando sus pies delicados
¿tú bailas, Minnaloushe, bailas?
cuando dos parientes se encuentran
que mejor que invitarse a bailar?
quizás la luna aprenda,
cansada de la moda cortesana,
un nuevo paso de baile.

Minnaloushe se arrastra en la hierba,
de un lugar a otro va
bajo la luz de la luna.
la sagrada luna en lo alto
ha cambiado de fase.

¿Sabrá Minnaloushe que sus pupilas
de cambio a cambio mutarán,
y que de luna llena a menguante,
de creciente a llena variarán?

Minnaloushe se arrastra en la hierba
solo, importante y sabio
y levanta hacia la cambiante luna
sus cambiantes ojos.



William Butler Yeats (1865-1939).
Imagen: http://eucema.blogspot.mx/2011/05/los-hijos-de-dios-poema.html

viernes, 22 de octubre de 2010

Los gatos, texto de Carlos González Vallés.


Agradezco de corazón a Nina Ozuna por su excelente contribución a este espacio consagrado a la fauna felina.


"Los gatos los inventaron los chinos"
(Ramón Gómez de la Serna)

El gato es la criatura Zen por excelencia. Dueño de los mejores rincones de la casa, relajado al límite, rey del ocio perpetuo, objeto de caricias. No tiene que guardar la casa como el perro, ni estar encerrado en una jaula y piar como el canario. Antes decían que tenía que cazar ratones, pero aun eso era deporte gastronómico y no obligación laboral. El gato se mueve con elegancia felina, pisa con suavidad algodonada, salta sin esfuerzo, y vive sin ruido. Su cuerpo se ajusta por sí mismo a las curvas del mullido sillón, y su anatomía se mezcla con el regazo humano en reposo orgánico. Siempre alerta y siempre descansado. Sueño instantáneo, e inmediato despertar. Se posee a sí mismo con fácil totalidad, señor de su mirada y conquistador de su espacio. Conciencia ambulante del entorno absoluto. Vivencia exacta del paisaje circundante que encuentra su centro en la unidad despierta de su intenso vivir. El gato, reposado y callado, anónimo y silencioso en olvido publicitario, se convierte súbitamente en la convergencia de todos los vectores de atención al pasar a la acción instantánea con efectividad inmediata. Monje budista en la contemplación inmutable del misterio de la vida en el milagro de creación.

Tengo ante mí la reproducción de una pintura china de un gato. Se está riendo de mí. Me dice; “A ver cuando aprendes a ser como yo. A andar reposado, sin prisas ni sustos, y a saltar al instante en cuanto se presente la ocasión. A caer en la cuenta de todo, observar todo, parecer indiferente a todo, solo para escoger en el momento preciso la postura favorita o el manjar selecto, y disfrutar los placeres diarios con la intensidad inocente y discreta de sibarita profesional. A dormir profundamente con todo el cuerpo en el ritmo visible de la respiración plena y tranquilizante. A dejarte querer de los humanos como si tuvieras derecho a sus caricias y a que todos te quieran como la cosa más natural del mundo. A vivir despreocupado y alegre, y a desaparecer un día con el mismo silencio con que llegaste, sin pensar que el mundo vaya a angustiare porque haya un gato menos. A ver si aprendes, que esa será la manera de pagar yo la deuda que tengo contigo y con todos los humanos por lo bien que me habéis tratado en toda mi vida sin merecerlo.”

El gato del retrato me sigue mirando. Aunque todos los gatos del mundo son iguales, caigo en la cuenta de que es un gato chino. Tenía razón el genial autor de las “Greguerías”. A los gatos los debieron inventar los chinos.

Carlos González Vallés

sábado, 14 de junio de 2008

Cosas que pasan, minificción de Marcial Fernández.

Extraña metamorfosis sufrió el gato de mi vecino. Un día amaneció con melena de león. Al otro día, con mirada de león. Un día más, y su mandíbula, sus patas y su barriga eran las de un león. Pero ahí no acaba la historia. Al día siguiente se comió a los hijos de mi vecino. Luego, a la mujer de mi vecino. Y más tarde, a mi vecino. Y así siguió: come que come sin importarle nada. No le importó siquiera que alguien contara su...

Fernández, Marcial., Andy Watson, contador de historias, Colección Sueño Guajiro, México, Daga editores,  1997.

Imagen: www.amazingcatcollection.com

sábado, 26 de abril de 2008

Siete vidas, texto de Tadeo Tápanes Zerquera.

El gato que lanzaron al vacío
sin poder escapar de su maltrato,
más nunca podrá ser el candidato
a poner su pericia en desafío.
Su sangre como gotas de rocío
en medio del jardín de un niño ingrato,
con rabia contemplé el asesinato
llorando de impotencia en lo sombrío.
Que el Dios de los felinos en que creo,
restañe para siempre las heridas
de aquel a quien en verso homenajeo.
Que nunca más las manos homicidas
apaguen su amoroso ronroneo,
y tenga, allá en el cielo, siete vidas. Texto tomado del blog: