domingo, 13 de octubre de 2019

El tigre, por Eduardo Lizalde Chávez

Hay un tigre en la casa
que desgarra por dentro al que lo mira.
Y sólo tiene zarpas para el que lo espía,
y sólo puede herir por dentro,
y es enorme:
más largo y más pesado
que otros gatos gordos
y carniceros pestíferos
de su especie,
y pierde la cabeza con facilidad,
huele la sangre aun a través del vidrio,
percibe el miedo desde la cocina
y a pesar de las puertas más robustas.

Suele crecer de noche:
coloca su cabeza de tiranosaurio
en una cama
y el hocico le cuelga
más allá de las colchas.
Su lomo, entonces, se aprieta en el pasillo,
de muro a muro,
y sólo alcanzo el baño a rastras, contra el techo,
como a través de un túnel
de lodo y miel.

No miro nunca la colmena solar,
los renegridos panales del crimen
de sus ojos,
los crisoles de saliva emponzoñada
de sus fauces.

Ni siquiera lo huelo,
para que no me mate.

Pero sé claramente
que hay un inmenso tigre encerrado
en todo esto.



Lizalde, Eduardo, El tigre en la casa, Valparaiso Ediciones, 2013.


domingo, 19 de agosto de 2018

El gato garabato, texto de Gloria Fuertes

 -¿Qué es eso que tienes, Gato Garabato?

-Esto es un juguete muy barato.
Es un cohete-juguete,
que me lleva a la Luna en un periquete.
-¿Qué es un periquete?
-Un periquete es…¡Un momento!
 
Dijo un momento y se lo llevó el viento
como a María Sarmiento.
 
…El Garabato
en su cohete barato
surca el espacio.
El gato Garabato
aluniza despacio.
 
El Gato Garabato no encuentra nada en la Luna.
 
GATO: Un volcán que no funciona,
y ni una sola persona.
 
No hay tejados en la Luna,
y yo soy gato.
No hay poetas en la Luna,
y yo soy gato.
No hay sardinas en la Luna,
y yo soy gato.
No hay ratones en la Luna,
y yo soy gato,
aquí no tengo nada que hacer,
este astrofio me extraña,
me vuelvo a España.
 
Y en su cohete-juguete
raudo como una centella,
regateando a una estrella,
-el gato regateando-.
Más veloz que en un avión,
regresa a su población.
 
GATO: ¡Hola chicos!
¡Viva el arte!
Como en “casita”,
en ningún parte.


jueves, 17 de agosto de 2017

Oda al gato, por Pablo Neruda



Los animales fueron
imperfectos,
largos de cola, tristes
de cabeza.
Poco a poco se fueron
componiendo,
haciéndose paisaje,
adquiriendo lunares, gracia, vuelo.
El gato,
sólo el gato
apareció completo
y orgulloso:
nació completamente terminado,
camina solo y sabe lo que quiere.
El hombre quiere ser pescado y pájaro,
la serpiente quisiera tener alas,
el perro es un león desorientado,
el ingeniero quiere ser poeta,
la mosca estudia para golondrina,
el poeta trata de imitar la mosca,
pero el gato
quiere ser sólo gato
y todo gato es gato
desde bigote a cola,
desde presentimiento a rata viva,
desde la noche hasta sus ojos de oro.
No hay unidad
como él,
no tienen
la luna ni la flor
tal contextura:
es una sola cosa
como el sol o el topacio,
y la elástica línea en su contorno
firme y sutil es como
la línea de la proa de una nave.
Sus ojos amarillos
dejaron una sola
ranura
para echar las monedas de la noche.
Oh pequeño
emperador sin orbe,
conquistador sin patria,
mínimo tigre de salón, nupcial
sultán del cielo
de las tejas eróticas,
el viento del amor
en la intemperie
reclamas
cuando pasas
y posas
cuatro pies delicados
en el suelo,
oliendo,
desconfiando
de todo lo terrestre,
porque todo
es inmundo
para el inmaculado pie del gato.
Oh fiera independiente
de la casa, arrogante
vestigio de la noche,
perezoso, gimnástico
y ajeno,
profundísimo gato,
policía secreta
de las habitaciones,
insignia
de un
desaparecido terciopelo,
seguramente no hay
enigma
en tu manera,
tal vez no eres misterio,
todo el mundo te sabe y perteneces
al habitante menos misterioso,
tal vez todos lo creen,
todos se creen dueños,
propietarios, tíos
de gatos, compañeros,
colegas,
discípulos o amigos
de su gato.
Yo no.
Yo no suscribo.
Yo no conozco al gato.
Todo lo sé, la vida y su archipiélago,
el mar y la ciudad incalculable,
la botánica,
el gineceo con sus extravíos,
el por y el menos de la matemática,
los embudos volcánicos del mundo,
la cáscara irreal del cocodrilo,
la bondad ignorada del bombero,
el atavismo azul del sacerdote,
pero no puedo descifrar un gato.
Mi razón resbaló en su indiferencia,
sus ojos tienen números de oro.


Pablo Neruda (1904-1973).

domingo, 12 de abril de 2015

Las gatas de los barcos de carga, por Nikos Cavadías

Va en los barcos de carga siempre una gata
que aman los marineros sin explicarse por qué.
Ella, cuando de su turno salen cansados,
corre a sus pies, orgullosa, a frotarse.

En las noches, en el pesado silencio de la proa que los angustia,
cuando el mar golpea el casco de la nave
como si buscara con su enorme fuerza soltar sus remaches,
tiene para ellos la tersura de una compañía de mujer.

Es perezosa y arrogante como todas las gatas
y tiene sus ojos grises llenos de magnetismo;
cuando dulcemente le acarician su lomo,
parece caer en un lento espasmo placentero.

En el ensueño y en la ira se asemeja a la mujer,
y por ello más la aman los marineros;
cuando lenta e indiferente los mira a los ojos,
se diría que produce una extraña fiebre.

Le ponen al cuello un collar de cobre
que la proteja del mal del hierro.
¡Por desgracia, no siempre así pueden
salvarla de la oscura muerte!

¿Acaso porque sus feroces ojos están húmedos
y electrizados, el negro hierro los atrae?
Enloquece aullando, fija su mirada en un solo punto
y hace brotar silenciosas lágrimas en los marineros.

Pero antes de la muerte, uno de ellos,
aquel que ha visto cosas más espantosas en su vida,
acariciándola un momento y mirándola a los ojos,
la arroja después al agitado mar.

Entonces los marineros, que raras veces abren su corazón,
se retiran a ocultarse con el pecho oprimido,
lleno de una extraña amargura que los roe,
igual que cuando han perdido a una mujer que amaron.

Nikos Cavadías (1910-1975).
Poeta griego

Kappatos, Rigas y Montemayor, Carlos, Antología de la poesía griega del siglo XX, Textos de difusión cultural, México, UNAM, 1993.

martes, 7 de abril de 2015

Una niña sin gatos, texto de Paulina Gil.


Desde muy pequeña viví con mi abuela y mi madre. A ninguna de las dos les gustaban los gatos; creían que eran criaturas con un comportamiento extraño y que transmitían enfermedades incurables. A mi abuela tampoco le agradaban los perros, así que crecí como una hija única sin mascotas, lo cual explica por qué tenía dos amigos imaginarios en lugar de uno. 

Sin embargo, siempre he tenido una conexión muy cercana con los animales; los perros callejeros me siguen hasta mi casa, las ardillas solían visitar mi ventana y una vez que fuimos a un zoológico de esos que se jactan de tener a los animales en perfecta libertad, fui la única que se atrevió a cargar a un tigre bebé para tomarnos una foto. Pero nunca conviví con gatos hasta mucho más adelante, cuando encontré un grupo de amigos que compartía la característica de tener gatos a montones. 

Estos amigos me presentaron a sus gatos y solían contar historias de los felinos que habían tenido antes o de los que dejaban atrás en casa de sus padres. De entre todos los gatos con los que he convivido en los últimos años, dos han sido particularmente importantes en mi vida. Se trata de un gato rubio y gordo, al que llamamos “el Güero” y de una gatita gris con un antifaz blanco, conocida como “el Arroz”. 

El Güero es muy cariñoso; cuando voy de visita, inmediatamente me busca para que lo acaricie. Con frecuencia, la gente que lo ve por primera vez dice: “es idéntico a Garfield”, aunque también se han expresado con un: “ay, qué bonita gatita, ¿cuánto tiene de embarazada?” No creo que al Güero le importe que lo confundan con una gatita preñada, debido a la redondez desparramada de su panza, pues en varias ocasiones ha hecho gala de sus instintos maternales. El único problema con el Güero es que siempre me hace quedar mal; cuando voy a su casa y sus dueños me dicen que se ha portado muy bien toda la semana, casi de inmediato hace una de las suyas para demostrar lo contrario. 

Mi relación con el Arroz es muy diferente; ella es el primer gato al que conocí desde pequeño, el primer gato al que cargué y llené de besos, pero de bebé parecía un cachorro de lince en lugar de una dulce gatita. Cuando la cargaba me mordía y me rasguñaba, y al regresar a mi casa con las marcas de la lucha del día, mi mamá temía que hubiera contraído una de esas enfermedades tremendas y quería que fuera a vacunarme. Cuando creció, dejó de morderme, pero todavía me rasguña algunas veces cuando considera que ya la apretujé o besuqueé demasiado. Además, cuando entro a su casa, el Arroz hace su aparición y me mira con unos ojos que dicen: “sí ya sé que llegaste, pero tú eres la que me tienes que hacer caso a mí, no viceversa”. 

Debo confesar que cuando paso más de una semana sin ver al Güero y al Arroz, los extraño tanto como a sus dueños. A veces sueño que yo también tengo dos gatos, sólo que, por un extraño efecto de esos que únicamente se dan en los mundos surrealistas, se trata de una gatita rubia y un gato gris con un antifaz blanco. Espero poder cumplir un día ese sueño para dejar de ser la niña que no tuvo gatos y la joven que ama a los ajenos, y convertirme en la auténtica dueña de un felino doméstico.